Remi: Mi primera sala de juegos

agosto 10, 2019 Uncategorized

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Quiero empezar este post etiquetándome. Soy de 1982, donde se cruza la Generación X (“Generación Perdida” o “Peter Pan”) con la Generación Y (Millennials). Esto complica mi categorización, pero sin duda mi infancia perteneció a la “Generación Peter Pan”. Más concretamente, a los niños sin límites y sin reglas, los niños que “no se querían en casa” y que no tenían ninguna responsabilidad dentro de casa. Por supuesto me siento identificado con películas y series como los Goonies o Stranger Things. Mi infancia era una bicicleta BH, ir al monte a cualquier hora, hacer casetas, jugar entre las rocas al pie del mar y como no, las salas de juegos y D&D. También perseguíamos brujas y villanos, presenciamos asesinatos, hacíamos inventos tecnológicos y combatíamos monstruos y, al igual que las series y películas, era todo ciencia ficción.

Es por esto, que mis primeros recuerdos de las salas de juegos datan de 1988. Y claro, en esos recuerdos no están mis padres, sino en este caso, mi hermano mayor que es de 1980. Y ahí estábamos, un niño de 6 años custodiado (cuando coincidíamos) por su hermano mayor de 8 años, expuestos al tabaco y todo un mundo que se escapaba a nuestra edad. La sala de juegos la descubrimos cuando mis padres nos apuntaron a solfeo, ya que íbamos nosotros solos y cerca de allí descubrimos aquel maravilloso mundo que se llamaba “Remi”. O al menos así lo llamaba la gente, debido a su viejo regente, Remigio.

Dentro, solo recuerdo magia.

El juego que recuerdo como más espectacular era un juego de Hockey, donde además de jugar a hockey, había peleas con unos gráficos impresionantes. Se llamaba, Blades of Steel. ¡¡Es de 1987 el juego!! En serio, eran gráficos impresionantes para la época. Esto, junto a ver como se partían la cara los jugadores, hacía que este juego llamara tanto mi atención (y aunque algún líder americano no lo crea, nunca me he peleado).

BladesOfSteel

Esta máquina estaba en la antesala de la sala de juegos, en una de las entradas y justo al lado, otra joya sin precedentes, el Pitfall.

Un aventurero tipo Indiana Jones que se podía manejar con un Joystick y saltar con los botones. Impresionante. Para mis ojos aquello era como ver una película interactiva donde la gente manejaba al intrépido aventurero (no yo, que no jugaba).

Pitfall

En esta máquina pasábamos bastante tiempo, hubiera gente jugando o imaginándonos que jugábamos. En una de estas situaciones, es cuando ocurrió la catástrofe. La máquina dejó de funcionar. No recuerdo que pasó, no sé si se quemó o se desenchufó, pero sí recuerdo que es la primera imagen que tengo de Remigio, enfurecido y culpando a mi hermano de haber roto la máquina. Solo tengo ese recuerdo de Remigio y además creo que muy distorsionado, ya que en mi mente es una especie de Gargamel de carne y hueso.

Pero esto era solo el comienzo, era solo la antesala a un salón mayor, con más gente y máquinas. Y allí es donde se movía todo y lo que estaba más interesante. Allí descubrí que había gominolas que se llaman “nubes” y que además esas gominolas se podían congelar para estar más ricas. La gente mayor tenía una sabiduría sin precedentes y yo tenía claro que ese era mi lugar.

Lo de las nubes lo escuché a unos “mayores” que estaban jugando. No recuerdo sus caras, no sé si era Alvarito, Koke, Patxi o ninguno de ellos, pero sí sé que lo comentaban mientras jugaban a un juego que parecía muy divertido y muy dinámico. Se llamaba Super Mario Bros.

Pero Super Mario Bros me descubrió algo todavía más increíble, algo que me impactó. Esa gente que jugaba había encontrado un truco, un agujero en Matrix, algo que daría la vuelta definitivamente al Super Mario. La planta de la 4-2.

SuperMario

Y esa es la imagen que guardo del Super Mario en la recreativa. Por eso mismo, porque los mayores lo contaban como un secreto, como algo que el resto no debía de decir y solo ellos se debían encargar de transmitir. Un truco que llevaba a Mario directo a las nubes. Guau!!

Pero esto era lo accesible, porque había una máquina inaccesible. Por un sencillo motivo, siempre había un amasijo de gente alrededor y poco espacio para que un niño de 6 años alcanzara a ver. Solo se oía a gente diciendo: “¡¡Mira ese!!”, “me la he pasado tío”, “mierda, me mató”.

Ese juego era Rygar. Un juego de 1986 adelantado a su tiempo. Algo nunca visto. Escenarios épicos con un sol enorme, bosques, montañas y cascadas. Dragones y enemigos roleros que llenaban la pantalla de acción. Todo en Rygar era épico y si existía un hueco, allí estaría yo para asomar la cabeza.

Rygar

Y como toda historia, llega donde mi escena tiene su lugar. Mi primera partida. Pero, ¿cómo iba a jugar un niño que no tiene dinero a una recreativa? Ni siquiera tenía el concepto de guardar dinero para algo en el futuro que era jugar. Todo funcionaba pidiendo: “Quiero un chicle” o “Quiero un Master del Universo”, pero no gestionaba nada más. Así que de un modo u otro que no recuerdo en detalle, monté mi estrategia para jugar. Y es que me llevé a mi abuelo a la sala de juegos.

La estrategia iba más allá, porque las máquinas costaban 5 duros (25 pesetas) y eso era un pastizal. Pero… Resulta que había una máquina que costaba 1 duro. Sí, costaba 5 pesetas o 3 céntimos de ahora. Esta máquina era Defender, un matamarcianos de scroll horizontal y que permitía moverse en ambas direcciones. Sí, una máquina de 1980, no precisamente la mejor recreativa, pero en mi mente, la opción viable para conseguir mi partida. Al fin y al cabo, solo tenía que pedir un duro, como cuando le pedía un duro para comprar una gominola donde Amado.

Defender

El recuerdo que tengo de esa partida es muy escueto, pero algo que guardo con añoranza. Recuerdo que nada más empezar, empezaron a salir bichos y no sabía muy bien cómo se manejaba. Es más, hoy en día es un juego bastante complejo de manejar. Con un botón para avanzar, otro para subir y bajar, otro para cambiar de dirección… un lío tremendo. Pero recuerdo la sensación de estar jugando a ese juego y, sobre todo, que después de que me mataran, ¡Podía volver a jugar! Por mucho que había visto jugar, no había experimentado el hecho de tener vidas o tanques, y estaba muy bien. Sé que llegué a mover la nave, pero poco más. Una partidaza.

Había otras máquinas como Double Dragon que también me encantaba y alguna otra que no me dejó tanta marca y no tengo necesidad de investigar. Una creo que era Galaga (o un clon) y alguna otra de las cuales tengo un recuerdo más vago.

DoubleDragon Galaga

Y es así como fue mi primera sala de juegos, que no duró demasiado, ya que durante ese mismo año 1988, Remi cerró. Pero no había problema, ahí estaba la Dársena y pronto Game (la sala de juegos), Villa y finalmente el Sputnik. Además de eso, con el inicio de los 90 empezó la época dorada de máquinas en los bares.